martes, 27 de agosto de 2013

El Cristero.


“Negros estaqueados”
Dibujo al grafito sobre papel Schoeller 250 gramos.
El cristero.
Los crímenes de la Isla Martín García. 1863.
Relato ficticio de estirpe negra.

Sr. Ministro de la Guerra
Sr. General don Juan Andrés Gelly y Obes.
Elevo a su consideración especial el presente informe que relata los infortunados sucesos ocurridos a finales del año pasado, 1863. El carácter de esos sucesos, motivan mi sugerencia de que tanto este informe como el expediente que generará, sean categorizados como reservados o directamente, secretos.
Resumen de la situación militar a mi cargo y del sitio en el cual la desempeño:
El Batallón de Infantería a mi cargo a sido destacado a la Isla Martín García, con el objeto de fortificarla, artillarla y defenderla ante posibles aventuras bélicas desde el Uruguay, país en plena guerra civil. Por ello como Jefe Militar, tengo a mi mando infantería, zapadores y artilleros, reunión necesaria para cumplir la orden de fortificar la isla en disputa. Se están construyendo las Baterías: “25 de Mayo”, “Chacabuco” y “Constitución”. Todas dotadas con cañones Armstrong.
La tropa variopinta que revista bajo mis órdenes está compuesta de muchos paisanos, negros libertos, presidiarios condenados a trabajos forzados, gauchos y otros tipos de similar especie. Los cuadros medios y los oficiales superiores, por el contrario, tienen formaciones diversas, buena educación y eficiencia comprobada en distintas instancias bélicas. Los soldados en realidad se han también comportado con valentía, el problema es la violencia innata que manifiestan. La cual para la batalla es buena pero mala cuando se pasan años de maniobra en maniobra. Aunque creo que con el Paraguay todo se encamina hacia un conflicto y podrán demostrar su bravura dentro de poco. Espero que con el Uruguay nos encontremos aliados y que esta fortificación no sea necesaria.
La horrible muerte del Sargento Mayor R.A. Chodasiewcz, inmediatamente comunicada y luego del traslado de sus manos y de su cabeza, ya que el resto del cuerpo no se encontró. Partes o restos del finado que fueron enviadas a Buenos Aires esperando que las mismas sean reclamadas por alguien de su Polonia natal (algo que me permito dudar por conocer bien al personaje). Luego de tales momentos de gran conmoción, designé como oficial instructor para llevar adelante las investigaciones al Sargento Mayor Francisco Borges, del mismo rango del polaco y en cierta forma extranjero también, ya que si bien es oficial argentino, antes lo fue del Uruguay, país donde nació. Nada de esto desmerece al Sargento Mayor Francisco Borges, pues es el oficial más inteligente y más ecuánime de que dispongo, y tuve cierta visión al elegirlo, ya que fue quién apresó a los sospechosos.
Los hechos más destacables en esta investigación son los siguientes:
Personalidad del occiso.
El Sargento Mayor R.A. Chodasiewcz era un oficial polaco, pero de la escuela prusiana, lo que significaba una vocación innata en el oficial por la disciplina más brutal, no existía esfuerzo o sufrimiento que no le gustara aplicarles a sus subordinados. Era un sádico vocacional. Lamentablemente el regimiento que le tocó comandar era uno de soldados negros, que son como Usted sabe, los más refractarios a la sana disciplina. Pero, para más abundar, el polaco era profundamente racista y consideraba a los soldados negros como una manada de animales. Fíjese que cuando lo presenté como nuevo comandante les dijo a sus soldados, delante mío que para él era una deshonra comandar un regimiento de negros y que, para poder soportar la idea sin sufrirla, iba a hacer de cuenta que eran hombres blancos pero de luto. Y sólo por estar de luto recibirían de él, ocasionalmente, algo de respeto. Todo esto dicho en un español rudimentario y por eso sonaba más brutal todavía.
Es una lástima que nuestro ejército tenga que contratar oficiales extranjeros, pues no nos llegan los mejores, nos llega la resaca de las guerras de Europa: desertores, aventureros, criminales, alienados y sádicos como en este caso.
Personalmente tuve que intervenir varias veces para que terminara con las atrocidades disciplinarias que ensayaba con los negros, los cuales lo odiaban en forma salvaje.
Como llevo adelante la dirección de obra para el talado del monte, la talla de piedras graníticas, movimientos de tierras para las nuevas baterías y fabricación de ladrillos para la construcción de nueve polvarines. Dirijo en todos estos trabajos a los infantes, zapadores y artilleros. El regimiento negro del polaco, realizaba las peores y más agotadoras tareas, a pedido de su comandante y esto lo sabían los negros, porque el mismo polaco se los informaba. Razones no faltaban para algo feo, aunque cabe destacar que nadie lo esperaba tan siniestro.
Circunstancias del crimen ritual
El Sargento Mayor R.A. Chodasiewcz fue decapitado y su cabeza coronada con espinas muy agudas, sus manos seccionadas y clavadas a la manera del Cristo, (y pido disculpas por Nombrarlo en sucesos tan escabrosos). Las manos estaban clavadas en sendos árboles en medio de los cuales fue depositada la cabeza, la cual mostraba tal aspecto de horror que asustaba a cualquiera. Tanto la cabeza como las manos habían sido seccionadas mediante golpes de hacha, algo que no ayuda nada porque a raíz de las tareas de desmonte las hachas y los machetes abundan. Todos los usan muy bien.
El resto del cuerpo dejó una mancha de sangre enorme, fue arrastrado hasta el río a través del monte y las huellas se adentraban en el agua seguidas por huellas del bulto que sería el cuerpo polaco. Ese lugar se llama Punta Cañón, y es el punto más cercano a la costa uruguaya. Los soldados empezaron a hablar de canibalismo. Decían que a Solís se lo comieron en la costa de enfrente, en el Uruguay. Hasta en el peor destino, el canibalismo, la isla Martín García tiene antecedentes, pues a su descubridor, Juan Díaz de Solís, se lo comieron los indios charrúas.
Se buscó en los alrededores y no se encontró nada, con una falúa se recorrió el río corriente abajo y nada se halló. Y lo más extraño fue que en la costa no se vieron huellas entrando de nuevo a la isla, quién dejó sus huellas saliendo de la isla, no volvió a entrar. Debido a la situación política y militar no juzgué apropiado, enviar la falúa hasta la costa del Uruguay para ver si había huellas de llegada. Las huellas del que arrastraba la humanidad del decapitado Sargento Mayor R.A. Chodasiewcz eran huellas de alguien que estaba descalzo, aunque eso tampoco significa mucho porque los soldados tienen prohibido el uso de los borceguíes, salvo para actividades militares, cuando son centinelas o para desfiles de instrucción. Casi todos trabajan descalzos o con botas de potro.
Delación de los posibles autores
Siendo obvio que el asesino estaba entre los soldados negros, fueron interrogados por uno por uno, todos los del regimiento, lo hizo aplicando el rigor necesario, el verdugo del presidio centenario que siempre sigue abierto. El interrogatorio tuvo dos resultados: el primero fue que casi todo el regimiento negro tuvo que pasar por enfermería, o incluso internarse varios días y el otro resultado, fue que muchos soldados señalaron a cuatro hermanos negros, con los cuales era cierto que el polaco tenía especial inquina. Lo que todo el mundo también decía era, que había sido uno de ellos, nadie sabía cuál y que los demás habían estado en desacuerdo.
Los cuatro hermanos negros
Entonces el verdugo se concentró en los hermanos, pero no pudo conseguir que se acusaran entre sí, llegó a límites que parecía el polaco vengándose de ellos. El Oficial instructor Borges intervino y paró la salvajada. Luego de unos días de curas y descanso y luego de la insistencia civilizada del Sargento Mayor Francisco Borges, aceptamos que nunca se traicionarían entre ellos los hermanos negros. Por lo tanto decidimos que iban a ser despojados del uniforme y desnudos y estaqueados pasarían la noche al sereno, y que si a la madrugada ninguno reconocía ser el autor de la muerte del Sargento Mayor R.A. Chodasiewcza, iban a ser fusilados los cuatro.
Formalmente informados y sugiriéndoles que meditaran y discutieran entre ellos la inconveniencia de morir los cuatro en vez de uno, luego de dicho todo esto fueron desnudados y estaqueados en un claro del monte, donde quedaron vigilados por dos centinelas armados.
Hipótesis del salvaje método aplicado en el crimen
Estos libertos, los negros, ciudadanos de similar jerarquía que cualquiera de nosotros por supuesto, suelen profesar religiones animistas, rituales sacrificiales donde la violencia se considera propicia, ritos africanos ancestrales, que repiten y repiten, sin recordar ya, para qué los tienen que repetir. En fin, un primitivismo sanguinario que estalló gracias a las prácticas disciplinarias de la bestia del polaco demente. Una causa brutal para un efecto salvaje.
Desenlace inesperado
Al alba, los gritos de los centinelas nos hicieron saltar de los catres, éramos una multitud armada y sin jerarquías manifiestas, al estar en calzoncillos, sin galones y descalzos. Así hermanados por los gritos y el peligro llegamos al claro del bosque, donde vimos con estupor a tres de los hermanos estaqueados, y del cuarto, la cabeza decapitada en el suelo, coronada de agudas espinas y entre dos árboles que tenían sus manos clavadas, como al Cristo.
El resto del cuerpo no estaba, pero siguiendo el rastro de sangre llegamos al mismo lugar donde nos llevaron las huellas del polaco, Punta Cañón. La similitud era pasmosa, las búsquedas no dieron ningún resultado, y los centinelas lo único que oyeron toda la noche fue hablar a los hermanos en su lengua africana, y luego hubo un silencio definitivo. Al clarear y ver el horror, dieron el alerta.
Un negro había sido sacrificado, por eso mi primer pensamiento se dirigió hacia la conducta que tomaría el resto del regimiento negro que estaba tan armado como nosotros. Pero viendo que colaboraban con la búsqueda y tenían una actitud militar correcta ante las órdenes que se impartían, decidí postergar mi intervención en tanto Jefe Militar.
El Sargento Mayor Francisco Borges analizando la situación y despojándola de todo el tono macabro, le ha encontrado cierta lógica. Según él, los hermanos discutieron en su lengua toda la noche para decidir quién sería sacrificado, eligieron al hermano mayor que estaba enfermo de cólera y con la paliza recibida en muy mal estado. Cuando estuvieron de acuerdo, tres soldados negros entraron en acción en las sombras y desmembraron al estaqueado, mientras uno coronaba la cabeza de espina, los otros dos clavaban las manos en sendos árboles, envolviendo la parte de atrás del hacha con trapos para amortiguar el ruido. Las huellas que se veían eran de solamente una persona y de un bulto sanguinolento que llevaba, porque los otros dos soldados negros se habían subido a los árboles y bajaron cuando se pudieron confundir con los demás ya alertados. La ancestral tribu africana mancomunada, ofreció un elegido criminal y lo sacrificó, para saldar la pérdida del polaco brutal y racista.
Dictamen del Oficial instructor
El Sargento Mayor Francisco Borges consideró que esta comandancia debería aceptar como culpable de la muerte del Sargento Mayor R.A. Chodasiewcza, al soldado negro decapitado, considerando la situación de tensión creada entre la tropa de los distintos Regimientos y los odios y la sed de venganza de hechos pasados, que se sienten el aire. De alguna forma se ha saldado la deuda, una muerte por otra, aunque seguramente el polaco se sentiría deshonrado, si no fusiláramos por lo menos a diez negros para vengar su alma albina.
Dictamen del Jefe Militar
Coincido con el Oficial instructor en que lo más conveniente, para la armonía en este cuerpo de tareas de fortificación, es aceptar la hipótesis de que el negro degollado fue el autor del crimen y que, buscar quién lo mató a este último es tarea harto difícil, luego de haber entretenido al verdugo con sus negros camaradas durante varios días. Si Usted considera que no es la solución aceptable, puedo proceder a fusilar a los tres hermanos restantes, a quienes tengo aún bajo arresto. Debería en ese caso pensar en la posibilidad de tener un motín de negros armados hasta con cañones. Pido de todas formas el traslado del Regimiento de soldados negros a otro destino, para terminar con esta tensión aumentada por la situación insular que padecemos.
Pero antes de tomar una determinación, le pido que lea este relato inquietante que obtuvo el Sargento Mayor Francisco Borges hace poco. Resulta que una noche, volviendo de dirigir las tareas de consolidación de los terraplenes para ubicar las baterías, el oficial instructor, encontró al verdugo alcoholizado y que le dijo, casi le gritó: “el negro no tenía nada que ver”. Ante esta afirmación estentórea, Borges lo invitó a la cantina para seguir de copas y así sacarle más información.
Parece que este ser despreciable, siempre supo que el negro muerto era inocente y según él todos los soldados negros eran inocentes, porque hacía diez años, cuando él llegó al presidio había pasado lo mismo y en esa época no había ningún negro en la isla. No habló antes porque el asunto era muy misterioso, le daba miedo y le divertía la idea de torturar a todos los negros del Regimiento del polaco. Solicito por todo lo antedicho, que este verdugo sea trasladado con el regimiento de negros, que ya ellos le darán la paliza merecida,en devolución a la que padecieron de él.
Este es el resumen que el Sargento Mayor Francisco Borges me hizo sobre esa confesión alcohólica del verdugo:
“Llegué al presidio hace como diez años, cuando dependía la isla Martín García del Estado de Buenos Aires, en guerra en ese momento, con la Confederación. Llegué en reemplazo del anterior verdugo que había sido decapitado y desmembrado como el polaco y el negro, y el resto de su cuerpo también arrastrado hasta el mismo lugar de la costa. Punta Cañón.
La yegua y el potrillo
“Resulta que en la isla había una yegua que había parido hacía tiempo a un hermoso potrillo, por el cual sentía gran amor y lo cuidaba de noche y de día. El potrillo era ya muy impetuoso y comenzó a querer cruzar el Canal del Diablo, que es el más profundo y peligroso de todos y es el que nos separa del Uruguay. Lo consiguió desde la punta más cercana, Punta Cañón. Ante la desesperación de la yegua madre, que se lanzó al río, lo cruzó y obligó al potrillo a volver con ella.”
“Como la historia se repitió varias veces, se dieron cuenta dos presos federales que tenían permiso para deambular libremente por la isla. Régimen de libertad ambulatoria habitual cuando el presidio estaba lleno. Los presos ante la devoción materna, que la llevaba a cruzar el río impetuoso, planearon escapar de la isla colgados de la cola de la yegua madre.”
“Comenzaron apresando a la yegua y al potrillo y llevando a ambos a Punta Cañón. Allí ataron a un árbol a la yegua y apedreando al potrillo consiguieron que entrara al río y al seguir siendo hostigado en el agua, enfiló hacia el Uruguay y cruzó el río. La madre estaba desesperada y muy agresiva, los presos lograron atarle una soga a la cola usando el tronco del árbol como escudo y la soltaron. Al galope entró en el agua, remolcando a los dos federales aferrados a la soga, atada a su vez a la cola de la yegua.”

“Al principio el acarreo funcionó, pero mucho antes de la mitad del cruce, era obvio que con dos hombres colgando, iban a morir los tres. Al darse cuenta de la situación, el federal que estaba más cerca de la cola, se acercó a ella, desató la soga y traicionando a su camarada la soltó, obligando al traicionado a volver a la isla presidio, donde ya estaban avisados, por los centinelas de los mangrullos, de la fuga en curso. La yegua llegó a la costa uruguaya y el preso traidor se escapó”.

“En cambio el preso que pegó la vuelta la pasó muy mal, el régimen de libertad ambulatoria estaba basado en la confianza depositada en los presos que lo disfrutaban, el Director del Presidio ordenó al Verdugo, aplicar suplicio al federal hasta dejarlo casi exánime. Con respecto a la yegua, volvió con el potrillo y el Director determinó que el Verdugo la matara, porque su devoción maternal era incompatible con un presidio y el episodio se iba a repetir. El potrillo, al ver a la madre muerta galopó hasta Punta Cañón, cruzó el río y nunca más lo vieron.”

“A los pocos días fueron encontradas las manos del Verdugo clavadas en dos árboles con la cabeza coronada de espinas en el suelo y una huella sangrienta también mostraba la ruta del cuerpo hasta Punta Cañón. Sabiendo que el preso fugado no iba a volver a vengar a la yegua si había traicionado a su mismo camarada, el Director del Presidio se convenció de que el asesino había sido el preso recuperado. No hubo caso de los ruegos de los médicos, que argumentaban que el federal había estado postrado en la enfermería debido al suplicio recibido, y que el mismo lo había debilitado tanto, que era imposible que hubiera reducido, decapitado y desmembrado al verdugo. El Director necesitaba cerrar el caso por era demasiado llamativo, y la superioridad iba a hacer muchas preguntas.”

“Al día siguiente el preso fue atado a una escalera debido a su grave estado, la escalera llevada a la muralla externa del presidio, puesta en forma vertical y luego de formado un pelotón y con el Director dando la orden, el preso fue fusilado, sin que se privara de gritar al morir: “Viva la Confederación Argentina”.

“Todos sabían que el fusilado nada tenía que ver con el crimen, pero tampoco parecían encontrarle explicación. Los pobladores empezaron a hablar de una entidad justiciera: “El Cristero”. Según ellos, antes ya se había manifestado y lo hacía siempre ante un hecho de extrema injusticia, una injusticia tan grande como cuando mataron al Cristo.”
Relato narrado por el Oficial Instructor.

Mi Señor General, para terminar este informe con una opinión lógica y de aplicación militar:

Tanto en el caso de los presos y la yegua, como en el caso del polaco y del negro, a mi entender, todos han aprovechado una figura mítica existente: “el Cristero”, para disimular crímenes horribles pero necesarios, para cierto grupo sometido a injusticias, presidio, enfermedades, abusos o tormentos.
El verdugo del primer caso fue seguramente muerto por los demás presos, porque estos personajes, los verdugos, son la mano del Director que aprieta la garganta del presidiario, son profundamente odiados por todos ellos.
Es mi opinión que mientras tengamos culpables aparentes, son preferibles a no tener nada o a tener que creer en criaturas fantásticas que nunca serán nuestras subordinadas, dada su aparente autonomía.

Quedando a su disposición para lo que guste ordenar, lo saluda a Usted respetuosamente.

Coronel don Donato Álvarez.
Jefe Militar
Isla Martín García.
Febrero de 1864.
Autor del cuento: Alfredo Benavidez Bedoya.